Cambios en las familias que pueden ocasionar algún conflicto. Prevenirlos con antelación

 

La familia es la más antigua de las instituciones sociales humanas y  que existe y existirá, mientras exista el ser humano. En el
seno familiar, el recién nacido vive el proceso de desarrollo físico y mental hasta llegar a ser autónomo, a la vez que los padres asumen la función de transmitirle sus valores y costumbres y prepararle para integrarse en las pautas culturales y sociales vigentes.
La institución familiar se puede entender de diferentes maneras según las diversidades culturales y según los modelos de cada época. No es lo mismo la existente en tiempo de los romanos o de los griegos que la del siglo XXI, de la misma manera que en la actualidad no tenemos las mismas costumbres y creencias que aquéllos.
El entorno familiar es el pequeño mundo donde se desenvuelven sus integrantes y donde tienen cabida, en mayor medida, los  sentimientos más básicos de las personas. En el seno familiar, por lo general, sentimos seguridad, protección, arropamiento. Es nuestro refugio frente a los acontecimientos externos, a veces hostiles. Es en la familia donde podemos mostrarnos y  comportarnos espontáneamente y podemos querer y ser queridos sin temor.
Las madres y los padres quieren a las hijas y a los hijos de manera generosa, desinteresada, sin parangón con otros cariños posibles, al igual que los hijos y las hijas quieren a las personas que les han dado la vida y tantas cosas más, de la misma manera que quieren al resto de su familia.

Las relaciones familiares, con todo, hay que cuidarlas. Hace falta alimentar los buenos sentimientos y afanarse por la armonía y la paz en los hogares, al igual que se riegan las plantas de la casa. La convivencia es complicada y difícil, cada persona tiene su forma de ser, de comportarse, de manifestarse y de pensar.
Como se suele decir, al convivir, la libertad de cada uno termina donde comienza la del otro, de modo que el hecho de vivir en pareja trae como consecuencia la pérdida de una parcela de libertad a la que se suele renunciar por amor. A medida que se va perdiendo la ilusión inicial, la convivencia y la vida cotidiana se hacen más dificultosas y pueden surgir roces inevitables.
En efecto, es normal que existan desavenencias y diferencias, sobre todo cuando las familias pasan por momentos de crisis, en
el sentido de que se produzcan cambios que requieran la adaptación a nuevas realidades. Eso pasa por ejemplo cuando nace el primer hijo o hija, cuando las hijas y los hijos se hacen mayores y se van de casa, provocando lo que se conoce como el “síndrome del nido vacío”; cuando un abuelo o abuela se incorporan al domicilio familiar del hijo/a; cuando alguien de la familia enferma y se hace dependiente; cuando se produce algún fallecimiento, etc. En todos esos casos, se producen cambios que rompen la rutina familiar, de modo que hay que acomodarse y acostumbrarse a que entren nuevos miembros o a prescindir de ellos o a nuevas situaciones que nos desestabilizan.
Con que frecuencia se producen casos en los que los padres, una vez que se fueron todos los hijos para crear su propia familia, deciden con la mejor intención del mundo, mudarse a una casa cercana a la de su hija porque la echan mucho de menos y  quieren estar cerca para poder verla más a menudo y así echarle una mano con su nieto. Que importante en estos caso que los padres, independientemente de que se vayan o no a vivir cerca de la casa de su hija tengan, no solo su propia vida sin su hija,  que de hecho ya tiene su propia vida con su pareja e  hijos, sino que, lo que es más importante, y es que dada la situación histórica en la que nos encontramos y la esperanza de vida que sitúa a España en el cuarto país del mundo más longevo, es imprescindible que cuando nos hacemos mayores, se busquen ocupaciones y actividades que gusten y llenen el tiempo para mantener el vigor físico y psíquico.

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