Mujer y feminismo….una mirada a la historia

A diferencia de lo que ocurrió en la Baja Edad Media, en la época Moderna la mujer fue excluida, progresivamente, del ámbito de lo público. Así, se le negó la posibilidad de participar en la vida política, económica y cultural. Resulta llamativo que esta exclusión fuera apoyada por los intelectuales más relevantes de la época. De hecho, muchos conocidos filósofos dedicaron su tiempo a reflexionar sobre la inferioridad de la mujer. Así, por ejemplo, Hegel nos ha dejado páginas en las que nos intenta ilustrar y, al mismo tiempo justificar, las razones en las que se apoyaba la marginación de la mujer. En su obra Filosofía del Derecho, afirmó: “El varón representa la objetividad y la universalidad del conocimiento, mientras que la mujer encarna la subjetividad y la individualidad, dominada por el sentimiento. Por ello, en las relaciones con el mundo exterior, el primero supone la fuerza y la
actividad, y la segunda, la debilidad y la pasividad”. También en su Fenomenología del Espíritu, había contrapuesto la familia, el ámbito de lo privado, a la vida pública. Afirmaba que el varón es como el animal, activo y seguro; la mujer como la planta, pasiva e indefensa. De ahí deducía que el hombre debía buscar su realización en la vida pública, lugar en el que era capaz de desarrollar todas sus capacidades y posibilidades naturales. Sólo en el campo público el varón lograría su plena realización personal, en la medida en que estuviera dispuesto a morir o a matar por el Estado.  Afirmaba, por otro lado, que el hombre adquiere su dignidad y se eleva por encima de los animales, no cuando alumbra la vida, como hacen las mujeres, sino cuando está dispuesto a  entregarla por el Estado. Por ello, en la sociedad debe tener primacía el sexo fuerte, el que es capaz de matar, frente al sexo débil, que alumbra y cuida la vida. El estudio, la cultura, la investigación, la política, la economía, etc. debían ser, por lo tanto, cotos reservados al varón. Es más, advertía que admitir el acceso de la mujer a estos campos equivaldría a la ruina de los mismos. La mujer, de acuerdo con sus limitaciones, debía ceñir su actividad al espacio privado, fundamentalmente a la familia. Esta se convierte en un campo reservado, en exclusiva, a las mujeres.

Tal discriminación de la mujer en la cultura, la investigación, la política, la economía, etc. tuvo consecuencias muy negativas, no sólo para su vida personal, sino también para toda la sociedad.

Frente a esta situación surgió el primer feminismo -o feminismo liberal-, cuya defensa de la igualdad de derechos entre hombre y mujer llevó a cabo una aportación innegable. En este sentido, merece destacarse la obra de Simone de Beauvoir, El segundo sexo. En ella encontramos una clara defensa de la igualdad de la mujer y de su capacidad para participar en las actividades  hegemónicas de la época moderna: la ciencia, la política, la cultura y la economía. Simone también se opuso a todos los atropellos a los que, tanto en la vida pública como en la privada, se sometía a la mujer.

Este feminismo tuvo consecuencias sociales muy positivas, que han llegado hasta nuestros días: el logro del derecho al voto, de una mayor igualdad en los ámbitos familiar, político, laboral, jurídico, económico, etc. Por ello, se puede afirmar que su valor permanente radica en la valiente defensa de la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer.

Sin embargo, este primer feminismo tuvo también claras insuficiencias, cuya influencia también ha llegado hasta nosotros. Ello se debió, fundamentalmente, a que realizó una defensa de los derechos de la mujer desde una posición que asumía, acríticamente, los principios imperantes en la época moderna. Los presupuestos de los que se partía eran, fundamentalmente, dos:

1. Se defendía la existencia de una contraposición entre el ámbito de lo público y el de lo privado. De este modo, se consideraba que, lo que realmente realiza al ser humano, no se encuentra en el ámbito privado, en la familia, sino en el público, en el trabajo profesional y en la vida social.
2. Según el planteamiento de Hegel, se mantenía la primacía de los valores tradicionalmente considerados como “masculinos”: se defendía así la independencia frente a la interdependencia, la agresividad sobre el cuidado, la competencia sobre la cooperación y la producción sobre la reproducción.

De este modo, el primer feminismo sostenía que la mujer, para realizarse personalmente, tenía que convertirse en “otro hombre”, asumiendo los valores de la competencia y el éxito. En realidad, este feminismo era radicalmente individualista. En sus fundamentos se encontraban las tesis de Mandeville y de Nietzsche, los cuales, como es bien conocido, consideraban la pietas y el cuidado al otro como algo degradante y propio de la condición de esclavos. Por ello, la familia se convierte en el peor lugar para la realización personal, tanto de hombres como de mujeres. En realidad, se considera, prácticamente, como una especie de “campo de concentración”. Por otro lado, el cuidado intransferible, aquel que sólo puede llevar a cabo una persona en su situación determinada, como es el caso de la mujer en el periodo de gestación, se considera algo represivo e indigno. En realidad, el cuidado que crea dependencia, el que compromete realmente a la persona, como por ejemplo la atención a los hijos, es totalmente rechazado.

De todo ello se deducen, las siguientes consecuencias:
1. En primer lugar, el trabajo del ama de casa se considera despreciable y no puede ser tenido en cuenta como un ámbito de realización personal. En realidad, se entiende que esclaviza a la persona.
2. El derecho fundamental es el de controlar la natalidad. De este modo, los anticonceptivos pasan a ser considerados como la clave para la igualdad, y el aborto se reclama como un derecho básico. La llamada salud reproductiva consiste, fundamentalmente, en la decisión de no reproducirse.

Sin embargo, sacar a las mujeres del papel secundario que se les ha asignado en muchas ocasiones, para que puedan contribuir de un modo positivo, a un mundo más justo y agradable, en todas las profesiones y cargos, y no sólo en las tareas de su propio hogar no ha de llevarnos a una igualdad sinónimo de uniformidad con el hombre, una imitación del modo varonil de actuar: eso no sería un logro, sería una pérdida para la mujer: no porque sea más, o menos que el hombre, sino porque es distinta. En un plano esencial —que ha de tener su reconocimiento jurídico, donde tiene que hacerse efectiva la igualdad de derechos, porque la mujer tiene, exactamente iguales derechos que el hombre la misma dignidad como persona . Pero a partir de esa igualdad fundamental, cada uno debe alcanzar lo que le es propio; y en este plano, emancipación es tanto como decir posibilidad real de desarrollar plenamente las propias virtualidades: las que tiene en su singularidad, y las que tiene como mujer. La igualdad ante el derecho, la igualdad de oportunidades ante la ley, no suprime sino que presupone y promueve esa diversidad, que es riqueza para todos.

 

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There are 2 Comments

  1. Publicado por Mariano Responder

    Me quedo con la última frase: La diversidad es riqueza para todos. Enhorabuena por el articulo

  2. Publicado por P.Moreno Responder

    Gracias por este repaso sencillo y rápido de la lucha de la mujer, en positivo. Estoy totalmente de acuerdo en que tenemos la misma dignidad como personas y que cada uno debe alcanzar lo que le es propio. Felicidades.

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